Tesis Sobre Una Catábasis. Parte 1: Cínicos cimientos enlosados.

(La narración anterior: Prólogo: Documentos Violeta se puede leer haciendo click aquí)

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En la Gehena se pierden las almas. Eso lo sabe todo el mundo. Y de vez en cuando alguien se interesa por recuperar alguna, que puede ser la suya o la de alguien más. Porque lo que no cualquiera sabe, es que si la gehena es aquel lugar donde las almas se pierden, también es aquel lugar donde encontrarlas.

            Para eso pueden pedirme ayuda. Una vez traje un alma de regreso.

            Este es el canto de esa historia.

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            Recibí la invitación que me llevó a arrojarme a los abismos del desconcierto, en medio de una noche muy similar a las demás. Devenía crepuscular la luz que atravesaba los ventanales de la biblioteca, pero aún me auspiciaba la lectura. Quedaban pocos minutos para finalizar mi turno, y percibía una vez más como la rutina subsumía cualquier posible épica. Lo más cautivante en ese momento, provenía de las páginas vespertinas del Ego Cogito de la tarde anterior, que creo recordar, rellenaba el pasquín con un extravagante reportaje sobre los resultados de una investigación científica.  En ella, se adscribían las patologías de memoria cognitiva que sufrimos en Jerusalén del Nuevo Extremo, a causas relacionadas con el exceso de humo proveniente desde el sur. Interesante, pero tal vez insuficiente, reflexioné. Es que una ciudad como la nuestra, tan cercana al infierno, de forma natural se pernearía de repeticiones inevitables.

            Es por ello, que me cuesta ubicar cualquier prometedora sangría para iniciar la historia, sino hasta el preciso momento después de que reconozco al buscador que entra a la generosa biblioteca.

            Dante Prosopón, el inspector legendario, habla. Sus palabras son un envolinador brebaje combinado de añosa experiencia, y el carisma de quien fuma un cigarro bien conversado. Respiro hondo, buscando a modo de gratuito antídoto, el aire que queda entre los argumentos que flotan atractivos junto al humo. Pretende que lo ayude en una pesquisa, como otras veces antes lo hice. Algo leí del caso en curso, en la suscripción vespertina ya mencionada, que me encuentra cada tarde en el zaguán de la pensión donde rento un aislado estudio. Normalmente le diría que si. Pero esta vez es otra cosa. Se trata de una santa ciudadana de Paraíso, desaparecida hace un par de semanas.

            Le aclaro que mi cordial negativa a su petición no brotará de cobardía alguna, sino que del descreimiento. Es tan típico, de hecho, que algún cadáver de por aquí de repente pretenda emprender travesía en busca de algún alma extraviada, y luego perder el interés antes de empezar siquiera… La materia pasa, y nuestro mundo material está fragmentado por la memoria pasajera que por orden natural, quienes vivimos en esta ciudad, poseemos. Que eso es lo que nos diferencia de aquellas otras esferas trascendentales, le recuerdo… Así que lo último que alguien de Paraíso podría necesitar, es nuestra ayuda para encontrar a una jovenzuela en Gehena. Menos entonces, la familia Aufhebung; razones para no involucrarme, sobran.

            Busco mi cuaderno para anotar el suceso que estamos vivenciando, antes de que olvidemos las palabras que estamos cruzando. El detective saca una libretita desde su gabardina y espeja mi accionar. Sonríe y se va.

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            Recuerdo que vuelve la semana siguiente. Prefiere asegurarse de que tenga presente los detalles, pues pudo ser tiempo suficiente como para olvidar. Pero yo anoté, yo recuerdo. Aún así, amablemente me lo repite todo, por si acaso escapó alguna arista que podría ser crucial como para que yo me convenza de que al menos valdrá la pena el entretenimiento intelectual las conjeturaciones deductivas me podrían ofrecer. Tras pesquisar el paraíso completo setenta y siete veces, aún no la han encontrado.

            Terminada la diatriba, él todavía no logra hacerme cambiar de parecer. Lo nota, y opta por el buen humor. Así que me recalca que se trata de una “joven con todo el futuro por delante”, razón suficiente para no dejarla partir… prueba de ello es la pequeña fortuna que su familia está invirtiendo para dar con su paradero.

            – Aquí Jóvenes mueren todos los días. Pero no todas las muertes son iguales, porque no todas las vidas lo son. Hay que tener futuro para tener una vida. – Desvío la mirada desde los lomos durmientes de los libros sobre los anaqueles, y la dirijo a Dante. Su mueca sonrisona me confirma que entiende mi amarga respuesta a su provocadora ironía. Y eso último me remite a aquel cierto grado de amistad, al menos cognitiva, que compartimos. Hace casi tres años empecé en el cargo de asistente de biblioteca, y desde entonces conozco en persona al genial inspector, que frecuenta estos laberínticos pasillos en busca de respuestas que le asistan en sus investigaciones.

            – Beatriz ha muerto. Y la ciudad populosa nos parece estar igual de vacía que siempre – comenta con encanto y melancolía cínica – Pero ese es el asunto. Ha muerto. Desaparecido. No está. Una santa. ¿Sabes cuántas veces ha ocurrido eso antes en Paraíso?

            – Si ya se preocuparon por pesquisar enteras las zonas verdes, entonces es claro donde se encuentra, deambulando por alguna árida esquina de esta puta ciudad. – Giro de vuelta a los estantes, seguro de que un libro, cualquiera, es más prometedor que este misterio que me invita a resolver. – Seguro que no han buscado bien. Nadie muere, nadie desaparece en Paraíso. – Me duele la espalda, me tuerzo y resuena un acomodo de cartílagos desgastados, como la mayoría de los volúmenes de este poco visitado lugar. Como si yo también estuviera viejo.

            – Nuestro querido limbo es tan grande como el pañuelo de un planeta – Saca un cigarro… fumará, otra vez. Me pregunto si tendrá algún sentido abrir las ventanas. Prosigue mientras enciende el pucho – Y aún así, yo ya lo sabría, si ella estuviera aquí.

            – Pero incluso eso sería infinitamente más plausible de considerar. Una persona como ella no va a dar al infierno. Simplemente no, inspector. – El humo de su cigarro obnubila la visión barroca de los lomos apilados otra vez. Hace calor y hay humo. Pero no quiero abrir las ventanas. El cielo afuera se ve anaranjado de tanto humo, tras una noche de detonaciones y altercados en distintos puntos de la región. Como sea, Dante se encargó de meterme la ciudad al santuario de una u otra forma.

            – No está aquí, Bibliotecario – Me dice dejando caer todo el peso de mi nominativo funcional. El peso de lo dicho está en que mi nominativo funcional es mi identidad oficial: Bibliotecario 8.

Nadie está seguro de mi historia, así que no tengo un nombre. No lo amerito porque no me es funcional, o viceversa, da igual. Es el orden de las cosas de nuestra apenas superviviente sociedad. Con suerte han pasado tres generaciones desde los caóticos años de las guerras protón, y todavía nadie tiene suficiente memoria como para recordar lo suficiente. Para más consuelo aún, tampoco soy el único en esta ciudad.

            El punto es por supuesto, que ha reflotado el recuerdo de mi orfandad, así que le devuelvo un soslayo agrio al viejo. Tiene un nombre, uno reconocido, y como sabe que me importa poco, y al parecer pocas personas le dan el regalo de una disensión que le permita competir, no le gusta entonces prescindir de mis opiniones. Respiro treinta segundos. Medito.

– Soy bibliotecario. Aquí solo hallará datos muertos. Datos muertos de gente muerta, de una era en la que la muerte significaba la incógnita del más allá. Desde enton…

– Tonteras. Ambos sabemos que este lugar es más que eso. Llegarás a ser un tipo listo, si es que aún no lo eres. No seas cínico. Te ofrezco la vía regia para salir de esta ciudad. Ver que hay más allá de todo este mundillo.

– Cinismo o no, tengo un buen trabajo. En lo fáctico, en lo individual, una vida tranquila, una buena oportunidad… y cuando la maestra Verstehen deje la dirección de la biblioteca…

– la señora Bellaluz vivirá por siempre. Eso te lo aseguro. –Rompe el hielo con una sonrisa y un balanceo de su encendido tabaco. – El subcontrato que te estoy ofreciendo es legal. Si lo aceptas podrías salir. ¿Sabes lo que significa eso? – Me dispara una pregunta a la que en silencio sangro una respuesta – Lo veo en tus ojos. Quieres saber. Están llenos de dolor. Esa estrechez que sientes… Y este es el llamado de un posible nuevo final para la historia. Tu historia.

            Me deja pensando otra vez. Reviso mis notas, con temor a estar olvidando algo mientras repaso el asunto.

            – Dante, lo más probable es que ella esté en esta ciudad. O en algún borde, tal vez en algún conflictivo rincón periférico. Pero aquí. Y no me interesa pasearme de un lado para otro en este agujero sepulcral… – Me detengo a pensar otro momento. – Y aun cuando estuviera en la Gehena, jamás te dejarían escarbar allí. No podría ser legal, sería…

            – Llevo tres meses indagando. – Interrumpe como torbellino determinado. Claramente la noticia se había filtrado tarde a la prensa… Pensé yo que era más reciente el asunto. O yo no tuve buena noción del tiempo. O registré mal alguna fecha en mi Ananke. La memoria se nos escurre entre las dendritas. – Tengo salvo conducto para buscar en Gehena. Ella no está aquí. Beatriz Aufhebung está en el infierno.

            Reacciono con un pseudo parpadeo que arruga el contorno de mis ojos. Si es cierto lo que dice, tiene razón. Es una proposición irresistible. Su semitupida barba entrecana se desplaza sobre una sonrisa. Sabe que logró convencerme.

            Digo que no. Escribo la experiencia y Prosopón simplemente sale del edificio.

            Mi respuesta cambiaría la tarde siguiente.

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            El detective hizo una apuesta perfecta. Percibía cuan intensamente quería encontrar respuestas para resolver mi propia historia. Sabía que no las encontraría en esta ciudad. Sin embargo, también sabía que mi razón se coludiría con el sentido común, y que probablemente yo jamás cometería la insensatez de abandonar el único trozo seguro de este mundo para mortales como nosotros, aún cuando para mi no fuera más que un bucle temporal repleto de libros. Tal vez algún día, hasta director de la biblioteca pudiese ser nombrado. De ahí a ser nominado como Ego magistral, no había demasiado tranco curricular. Todo esto lo sabía Dante. Dante Proposón, el detective cuyo método único de investigación le valía la concesión de buena parte de los casos más interesantes que ofrecían las entrañas de la ciudad. Eso lo sabía cualquiera que se mantuviera revisando sus Anankes, sus libretas de memoria. Así que si alguien podía escuchar que había más, un clamor ahogado en mi negativa, ese era el inspector.

            El día después de nuestra última conversación es una clásica jornada de ligero reloj de viernes. Y como tal, se va tornando más densa a medida que el sol se va largando melancólico en un retorno a casa de solitarias huellas sobre el empedrado. El ruido de la tracción a sangre de los coches se mezcla con la algarabía del provecho de quienes se recuerdan de la forma más material, carnal, y dionisíaca posible, que son cuerpos con vida: La risa de los amigos, la sonrisa de los amantes y los dientes coqueteando a lo fortuito; los teatritos, el cine, los cafés crepusculares y los bares son verdaderos centros de transfusión de energía. Literal. Intercambios en sangre, hemoglobina que va y vuelve, saldo, paga y vuelto.

Olvidamos las bombas bien puestas, los fenómenos extraños y los muros sellándonos. Se reconquistan las avenidas, que me llevan junto con el volumen de su gente. Recuerdo mi guitarra y los sonidos nunca inventados que me esperan esta noche; aquel espacio de resistencia de la memoria, cada viernes por la tarde en casa.

Ese, mi clásico panorama, lo habría sido también aquella noche, si no fuera por el perturbador inciso en uno de los extremos inferiores del Ego Cogito dispuesto como siempre en los peldaños del frontis de mi destino. “Vuelco en el caso de la santa ciudadana desaparecida: Renombrado inspector es arrestado”

El crepúsculo se torna irreflexivamente más rojizo, y cruzo la puerta para escapar del confuso gris citadino del exterior. Saludo sin detenerme, con un ademán de la mano a Onto, el relicario conserje. En la otra, sostengo el sorpresivo diario, que solo abriré al atravesar los respectivos pasillos y escaleras que me conducen a la celda en altura que civilizadamente acepto como hogar… Solo cuando estoy adentro, me aseguro de revisar con detalle la edición presente. Siento algo de calor y percibo algo de cariño por el espacio. ¿Sería la suma de este tipo de detalles la que me hiciera declinar la alternativa ofrecida por Dante la semana pasada? Y veo que tal vez fue para mejor. Quizá en qué se metió ese loco viejo osado…

Busco la página interior citada en la portada. Entre avisos de compra-venta de sangre, los obituarios que informan los responsos sin cadáver, la composición que hay que escuchar en la radio esta semana, la moda que se está usando en paraíso, el comentario político de algún financista de la ciudad, la continuación del reportaje acerca del efecto del aire sucio en nuestros cerebros, una carta enviada por un lector criticando el anterior reportaje desde una crítica Bio-Psico-Kármica – no es que me detuviera a leer, pero les presté atención a las bajadas de título -, finalmente, entre la publicidad de una agencia de comercio sexual y la importante y carismática reflexión espiritual pertinente al día por parte de un vicario del logos, encuentro un pequeño recuadro inundado de letritas detallando bien mezquinamente el asunto que me convocaba a la lectura.

Doy los cinco pasos que me restan desde estar junto a la puerta de entrada hasta el sitial junto a la ventana que concluye el estudio que habito. Despierto a Kidel empujándolo hacia a un lado, quién maúlla un rezongo y me saluda pidiendo cariño mientras me siento y giro un par de veces el pedal que bombea la sangre que reacciona como luz en la bombilla de mi lámpara de piso.

Entonces leo. Aparentemente encontraron una ausencia en la Ananke del inspector Prosopón. En una de las oficinas de la  burocracia del Vernunft, nuestro sacro gobierno, se notificó la ausencia de detalles sobre actividades en la libreta de registro voluntario del inspector, durante la semana anterior, lo cuál ocasionó un efecto dominó. Es que es voluntaria para un Ego Laborum, como en mi caso, pero no para alguien relacionado al Vernunft, o con una concesión directa desde él.

Me preocupa de inmediato. Es una situación inédita. Enturbio mi visión, colando por los visillos de la ventana junto a mi, aquella sopa de humo, corazones y ladrillos y cerebros fallando. Kidel, ya bien despierto, mira hacia la puerta y se engrifa sonajeando guturalmente. El gato y la guitarra de más allá son el par de cosas que mejor recuerdo. Quizá porque precisamente, las almaceno más cerca del corazón que de la cabeza. Más cerca del Talamo. Sonrío con mi chiste interno.

Kidel vuelve a gruñir. Golpean la puerta con fuerza. Abro.

– ¿Qué sabes tú sobre el paradero del inspector Prosopón? –

            Lo conozco un poco. Lo vi en alguna pesquisa en terreno en que acompañé a Dante. Es una mezcla entre estatua nueva y perro de caza. El teniente Erklaren se pasea por mi departamento, ignorando nada excepto al gato sobre el escritorio. Se supone que tengo que saber algo sobre el imputado, porque lo vi hace dos semanas. ¿Es que se escapó de la custodia? Porque acabo de leer que está… ¿ah? ¿Qué es mentira? Que no me haga el huevón. No me hago el huevón. Imbécil… Erklaren es un imbécil esteriotipo de novela mal escrita, pero no se lo digo, solo lo pienso…

¿Qué aparezco en las copias de su Ananke como uno de los últimos en hablar directamente con él?. El punto es que me entero de que no está en custodia, es una mentira que se publicó en el Ego Cogito, y está todo el alto mando de los Hombres de Blanco, incluyendo al mismísimo Capitán Gewissheit revolviendo ese gallinero en busca del patán reportero que se prestó para el chistecito.

– ¿Pero, entonces está Dante en problemas o no?

– …Tanto como tú lo estarás si descubro que estás mintiendo. Se que te ha subcontratado como asistente. Te he visto. Lleva casi cinco días prófugo, y fue un secreto bien guardado. Estoy seguro de que lo sabes todo. –

Y no. No se nada. Le digo que sin una orden no puede continuar, que se despida de mi gato. Que vuelva cuando quiera, pero con una orden sacra o algo por el estilo. Mira a Kidel con seriedad, y abandona junto a su pulcro uniforme mi espacio. Cierro la puerta y con el pasador. Por un momento pienso que tal vez debería buscar comunicarme con Gewissheit… Gewissheit… Su extraña, lejana y escindida figura paterna me la dibujé durante sus visitas con regalos al orfanato de Los Emilios. Y como toda figura paterna, me imagino, ha pasado ya por su ocaso… Gewissheit… de seguro me atendería con cortesía y amabilidad. Pero quizá yo no pueda esconder más mi odio por tan repugnante y cínico ser…

De Dante… qué será… De verdad no sé nada. Ahora bastante alterado, me dejo caer en la silla frente al escritorio. Kidel se incomoda con tal brusquedad mía y de un salto se aleja molesto. Entonces lo veo. Ahí, justo  en donde estaba Kidel. Un pequeño papel. “En la biblioteca Verstehen, a las nueve. Ala Violeta, tú entiendes. Dante”

Ishat exorcista

Yo entendí. Uno de los sectores más antiguos de la biblioteca, diseñado casi durante el periodo mismo del Protonkakon, el sanguinolento conflicto originario que definió nuestro mundo, luego del Kyros. Sobre los cínicos cimientos de losa descuidadamente agrietada de estos maduros pasillos, la mayoría de los lomos de los ejemplares en este sector tienen una apariencia Violeta suave. Y es aparte, un lugar que guarda enigma: aquellas estrellas octagonales que se repiten incluso en la estética de las ventanas. El lugar correcto, y un cuarto de hora adelantado. ¿Aparecerá de entre las sombras de los abismales pasillos, aquí, el ahora clandestino Dante Prosopón?

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